sábado, 16 de enero de 2010

RAÚL RIVERO . . . "El dedo de Picasso" . . . . El Mundo - España

 

 

"El dedo de Picasso"

 

RAÚL RIVERO
 
 


Fue en la casa de Iván Vivas, en  Tovar, o en la guarida de César Rengifo, en Caracas, cerca de una piscina secreta, donde vi un original del maestro Oswaldo Vigas. Ahora pienso que puede haber sido en la sala sin techo, luminosa, de Hugo Figueroa, en San Jacinto, Maracaibo. Lo que no me puede robar la mala memoria es la emoción del encuentro con un lienzo de ese artista que esta mañana de sábado, allá en Venezuela -a sus 84 años-, se ha levantado a trabajar.

Como casi todos sus compañeros de viaje han seguido el camino hasta perderse, Vigas rescata al que quiere con una frase aguda. A otros, los pone en fila como a colegiales y relata algunos episodios de su formación y su vida de artista con ese extraño poder que otorga la permanencia. Con la certeza de que no habrá desmentidos ni disidencias para las afirmaciones tajantes; uno de los privilegios de la soledad.

Polémico, duro, brillante, los críticos lo toman por un expresionista, y él insiste en que no tiene escuela porque en los pueblos donde hizo la enseñanza primaria (Tinaquillo, Guacara y Valencia), y en las universidades donde estudió medicina (Mérida y Caracas), nadie enseñaba pintura.

Ha trabajado toda la vida y su obra se desenvuelve dentro de los cauces que él impuso desde los inicios de su carrera. Son temas fijos (mujeres, niños, parejas) que se mueven y cambian de acuerdo al tratamiento que el pintor le da al tema.

Admite la importancia de su paso por París, a donde viajó en 1953, para asistir a unos cursos de arte en La Sorbona. Permaneció hasta 1967. Pero lo que recuerda de ese tiempo como una marca definitiva es su amistad con otros pintores y con Picasso, que, en realidad, fue el hombre que influyó a todo el mundo. «Incluso», dice, «en los más grandes artistas latinoamericanos: Wifredo Lam, Tamayo, Torres García, Roberto Matta. Fueron mis amigos. Ninguno de ellos es más importante que otro y, por supuesto, incluido yo, nacimos de un dedo de Pablo Picasso».

Desde los primeros años de la década del 40, ha ganado todos los premios importantes de Venezuela y ha hecho casi un centenar de exposiciones individuales en los santuarios internacionales de las artes plásticas. Además de la pintura, Vigas trabaja la cerámica, la tapicería, el mosaico, la litografía, la escultura en bronce y la serigrafía. Y para que no se diga, publicó un libro de poemas y relee a menudo a Saint-Jonh Perse, T. S. Elliot, Neruda, Vicente Gervasi, Eugenio Montejo y Ludovico Silva.

Es un tipo chapado a la antigua. Dice lo que piensa con franqueza y si hay que pagar algo por esa sinceridad, halla siempre el metal exacto para saldar la deuda. Es uno de los pocos artistas que ha dicho que su obra no relata nada: «Mi pintura es a base de imágenes y ellas son mudas, no hablan. Ése es un papel que no lo pongo yo, sino el que mira la obra, interpretándola según su propio yo, sus deseos, sus temores, sus angustias».

Oswaldo Vigas le dijo este mes al periodista Alfredo Fermín que «cuando estoy más fuñido, más trabajo. Tengo la sensación de apresurar la marcha. Si me voy a acabar no será acostado, será caminando y mi forma de caminar es pintar y dibujar. Diariamente, hago 10 dibujos de los cuales escojo algunos para telas grandes».

El pintor ha dicho que lamenta no poder participar con mayor fuerza en las luchas políticas de su país porque tiene el gesto egoísta de dedicarse por entero a su obra. Pero su franqueza no está limitada al dominio del arte y Vigas saludó el año nuevo en su Carabobo natal con esta frase: «Hay enfermedades que matan, pero el chavismo no es una enfermedad mortal. Venezuela saldrá de esta tragedia que no será eterna».

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