lunes, 27 de diciembre de 2010

octavio paz- picasso --1983

 

"Picasso: el cuerpo a cuerpo con la pintura"
El Museo Tamayo inicia sus actividades con una exposición de Pablo Picasso.
Se trata
de una antología cronológica, a un tiempo exigente y generosa, de modo que el visitante,
al recorrerla, puede seguir la evolución del pintor a través de una sucesión de obras —
pinturas, esculturas, grabados— que corresponden a cada periodo del artista. Se cumple
así uno de los propósitos de los fundadores, Rufino y Olga Tamayo: convertir al Museo
en un centro mexicano de irradiación del arte vivo de nuestra época. En México, como
quizá algunos recuerden, se celebró en junio de 1944 una exposición de Picasso.
Aunque fue un acontecimiento memorable, como esfuerzo y por su intrínseco valor
artístico, es indudable que la exposición que ahora ofrece el Museo Tamayo es más
vasta, variada y representativa. Al fin el público de México podrá tener una visión viva y
directa del mundo de Picasso. En este mismo catálogo un gran conocedor del arte
moderno, William Lieberman, conservador de arte contemporáneo del Museo
Metropolitano de Nueva York, describe con sensibilidad y competencia las
características de esta exposición y subraya su importancia histórica y estética. Para
evitar repeticiones inútiles, me pareció preferible resumir, rápidamente, en unas cuantas
páginas, lo que siente y piensa hoy, en 1983, un escritor mexicano ante la obra y la
figura de Picasso. No es ni un juicio ni un retrato: es una impresión.
La vida y la obra de Picasso se confunden con la historia del arte del siglo XX. Es
imposible comprender a la pintura moderna sin Picasso pero, asimismo, es imposible
comprender a Picasso sin ella. No sé si Picasso es el mejor pintor de nuestro tiempo; sé
que su pintura, en todos sus cambios brutales y sorprendentes, es la pintura de nuestro
tiempo. Quiero decir: su arte no está frente, contra o aparte de su época; tampoco es
una profecía del arte de mañana o una nostalgia del pasado, como ha sido el de tantos
grandes artistas en discordia con su mundo y su tiempo. Picasso nunca se mantuvo
aparte, ni siquiera en el momento de la gran ruptura que fue el cubismo. Incluso cuando
estuvo en contra, fue el pintor de su tiempo. Extraordinaria fusión del genio individual con
el genio colectivo... Apenas escrito lo anterior, me detengo. Picasso fue un artista
inconforme que rompió la tradición pictórica, que vivió al margen de la sociedad y, a
veces, en lucha contra su moral. Individualista salvaje y artista rebelde, su conducta
social, su vida íntima y su estética estuvieron regidas por el mismo principio: la ruptura.
¿Cómo es posible, entonces, decir que es el pintor representativo de nuestra época?
Representar significa ser la imagen de una cosa, su perfecta imitación. La
representación requiere no sólo el acuerdo y la afinidad con aquello que se representa
sino la conformidad y, sobre todo, el parecido. ¿Picasso se parece a su tiempo? Ya dije
que se parece tanto que esa semejanza se vuelve identidad: Picasso es nuestro tiempo.
Pero su parecido brota, precisamente, de su inconformidad, sus negaciones, sus
disonancias. En medio del barullo anónimo de la publicidad, se preservó; fue solitario,
violento sarcástico y no pocas veces desdeñoso; supo reírse del mundo y, en ocasiones,
de sí mismo. Esos desafíos eran un espejo en el que la sociedad entera se veía: la
ruptura era un abrazo y el sarcasmo una coincidencia. Así, sus negaciones y
singularidades confirmaron a su época: sus contemporáneos se reconocían en ellas,
aunque no siempre las comprendiesen. Sabían obscuramente que aquellas negaciones
eran también afirmaciones; sabían también, con el mismo saber oscuro, que cualquiera
que fuese su tema o su intención estética, esos cuadros expresaban (y expresan) una
realidad que es y no es la nuestra. No es la nuestra porque esos cuadros expresan un
más allá; es la nuestra porque ese más allá no está antes ni después de nosotros sino
aquí mismo: es lo que está dentro de cada uno. Más bien, lo que está abajo: el sexo, las
pasiones, los sueños. Es la realidad que lleva dentro cada civilizado, la realidad
indomada.
Una sociedad que se niega a sí misma y que ha hecho de esa negación el trampolín de
sus delirios y sus utopías, estaba destinada a reconocerse en Picasso, el gran nihilista y,
asimismo, el gran apasionado. El arte moderno ha sido una sucesión ininterrumpida de
saltos y cambios bruscos; la tradición, que había sido la de Occidente desde el
Renacimiento, ha sido quebrantada, una y otra vez, lo mismo por cada nuevo
movimiento y sus proclamas que por la aparición de cada nuevo artista. Fue una
tradición que se apoyó en el descubrimiento de la perspectiva, es decir, en una
representación de la realidad que depende, simultáneamente, de un orden objetivo (la
óptica) y de un punto de vista individual (la sensibilidad del artista). La perspectiva
impuso una visión del mundo que era, al mismo tiempo, racional y sensible. Los artistas
del siglo XX rompieron esa visión de dos maneras, ambas radicales: en unos casos por
el predominio de la geometría y, en otros, por el de la sensibilidad y la pasión. Esta
ruptura estuvo asociada a la resurrección de las artes de las civilizaciones lejanas o
extinguidas así como a la irrupción de las imágenes de los salvajes, los niños y los locos.
El arte de Picasso encarna con una suerte de feroz fidelidad —una fidelidad hecha de
invenciones— la estética de la ruptura que ha dominado a nuestro siglo. Lo mismo
ocurre con su vida: no fue un ejemplo de armonía y conformidad con las normas sociales
sino de pasión y apasionamientos. Todo lo que, en otras épocas, lo habría condenado al
ostracismo social y al subsuelo del arte, lo convirtió en la imagen cabal de las
obsesiones y los delirios, los terrores y las piruetas, las trampas y las iluminaciones del
siglo XX.
La paradoja de Picasso, como fenómeno histórico, consiste en ser la figura
representativa de una sociedad que detesta la representación. Mejor dicho; que prefiere
reconocerse en las representaciones que la desfiguran o la niegan: las excepciones, las
desviaciones y las disidencias. La excentricidad de Picasso es arquetípica. Un arquetipo
contradictorio, en el que se funden las imágenes del pintor, el torero y el cirquero. Las
tres figuras han sido temas y alimento de buena parte de su obra y de algunos de sus
mejores cuadros: el taller del pintor con el caballete, la modelo desnuda u los espejos
sarcásticos; la plaza con el caballo destripado, el matador que a veces es Teseo y otras
un ensangrentado muñeco de aserrín, el toro mítico robador de Europa o sacrificado por
el cuchillo: el circo con la caballista, el payaso, la trapecista y los saltimbanquis en mallas
rosas y levantando pesos enormes ("y cada espectador busca en sí mismo el niño
milagroso/Oh siglo de nubes" (1)). El torero y el cirquero pertenecen al mundo del
espectáculo pero su relación con el público no es menos ambigua y excéntrica que la del
pintor. En el centro de la plaza, rodeado por las miradas de miles de espectadores, el
torero es la imagen de la soledad; por eso, en el momento decisivo, el matador dice a su
cuadrilla la frase sacramental: ¡Dejarme solo! Solo frente al toro y solo frente al público.
Aún más acentuadamente que el torero, el saltimbanqui es ele hombre de las afueras.
Su casa es el carro del circo nómada. Pintor, torero y saltimbanqui: tres soledades que
se funden en una estrella de seis puntas.
Es difícil encontrar paralelos de la situación de Picasso, a la vez figura representativa y
excéntrica, estrella popular y artista huraño. Otros pintores, poetas y músicos conocieron
una popularidad semejante a la suya: Rafael, Miguel Ángel, Rubens, Goethe, Hugo,
Wagner. La relación entre ellos y su mundo fue casi siempre armónica, natural. En
ninguno de ellos aparece esa relación peculiar que he descrito más arriba. No había
contradicción: había distancia. El artista desaparecía en beneficio de la obra: ¿qué
sabemos de Shakespeare? La persona se ocultaba y así el poeta o el pintor
conquistaban una lejanía que era también una imparcialidad superior. Entre la Inglaterra
de Isabel y el teatro de Shakespeare no hay oposición pero tampoco, como en la Edad
Moderna, confusión. La diferencia entre uno y otra consiste en que, en tanto que
Shakespeare sigue siendo actual, Isabel y su mundo ya son historia. En otros casos, el
artista y su obra desaparecen con la sociedad en que vivieron. No sólo los poemas de
Marino eran leídos por los cortesanos y los letrados sino que los príncipes y los duques
lo perseguían con sus favores y sus odios; hoy el poeta, sus idilios y sonetos son apenas
nombres en la historia de la literatura. Picasso no es Marino. Tampoco es Rubens, que
fue embajador y pintor de corte: Picasso rechazó los honores y los encargos oficiales y
vivió al margen de la sociedad —sin dejar nunca de estar en su centro. Para encontrar a
un artista cuya posición haya sido parecida a la de Picasso hay que volver los ojos hacia
una figura de la España del XVII. No es pintor sino un poeta: Lope de Vega. Entre Lope y
su mundo no hay discordia; hay sí, la misma relación excéntrica entre el artista y su
público. El destino de Picasso en el siglo XX no ha sido más extraño que el de Lope en
el XVII: autor de comedias y fraile adúltero adorado por un público devoto.
Las semejanzas entre Picasso y Lope de Vega son tantas y de tal modo patentes que
apenas si es necesario detenerse en ellas. La más visible es la relación entre la variada
vida erótica de los dos artistas y sus obras. Casi todas ellas —novelas o cuadros,
esculturas o poemas— están marcadas o, más exactamente: tatuadas, por sus
pasiones. Pero la correspondencia entre sus vidas y sus obras no es simple ni directa.
Ninguno de los dos concibió al arte como confesión sentimental. Aunque la raíz de sus
creaciones fue pasional, la elaboración fue siempre artística. Triunfo de la forma o, más
bien, transfiguración de la experiencia vital de la forma: sus cuadros y poemas no son
testimonios de sus vidas sino sorprendentes invenciones. Estos dos artistas arrebatados
fueron siempre fieles al principio cardinal de todas las artes: la obra es una composición.
Otra semejanza; la abundancia y la variedad de las obras. Fecundidad pasmosa,
inagotable —e incontable. Por más que se afanen los eruditos, ¿llegaremos cuántos
sonetos, romances y comedias escribió Lope, cuántos cuadros pintó Picasso, cuántos
dibujos dejó y cuántas esculturas y objetos insólitos? En los dos la abundancia fue
maestría. En los momentos débiles, es maestría era mera habilidad; en otros, los
mejores, se confundía con la más feliz inspiración. El tiempo es el tema del artista, su
aliado y su enemigo: crea para expresarlo y, asimismo, para vencerlo. La abundancia es
un recurso contra el tiempo y, también, un riesgo: hay muchas obras de Lope y de
Picasso fallidas por la prisa y la facilidad. Otra, sin embargo, gracias a esa misma
facilidad, poseen la perfección más rara: la de los objetos y seres sobrenaturales. La de
la hormiga y la gota de agua.
En la vida pública los dos artistas encontraron la misma desconcertante fusión entre
extravagancia y facilidad. La agitación de la vida privada de Lope y su nomadismo
sentimental contrasta con su aceptación de los valores sociales y su docilidad frente a
los grandes de este mundo. Picasso tuvo más suerte: la sociedad en que le tocó nacer
ha sido mucho más libre que la en la España del siglo XVII. Pero soy injusto al atribuir la
independencia de Picasso a la suerte: fue intransigente y leal consigo mismo y con la
pintura. Nunca quiso agradar al público con su arte. Tampoco fue el instrumento de las
maquinaciones de las galerías y los mercaderes. En esto fue ejemplar, sobre todo ahora
que vemos a tantos artistas y escritores correr con la lengua de fuera tras la fama, el
éxito y el dinero. Dos lepras y una sola degradación: la sumisión a los dogmas
ideológicos y la prostitución ante el mercado. El partido o el best—sellerismo y la galería.
Sin embargo, no todo favorece a Picasso en esta comparación. Lope fue familiar de la
Inquisición y al final de sus días, en virtud de su cargo, tuvo que asistir a la quema de un
hereje. La índole de la sociedad en que vivía hace comprensible este triste episodio; en
cambio, ¿por qué Picasso escogió adherirse al partido comunista precisamente en el
momento del apogeo de Stalin?... En fin, todas las semejanzas entre el poeta y el pintor
se resuelven en una: su inmensa popularidad no estuvo reñida con la complejidad y la
perfección de muchas de sus creaciones. Lo decisivo sin embargo, fue la magia
personal. Insólita mezcla de la gracia del torero y su arrojo mortal, la melancolía del
cirquero y su desenvoltura, el garbo popular y la picardía. Magia hecha de gestos y
desplantes, en la que el genio del artista se alía a los trucos del prestidigitador. A veces
la máscara devora el rostro del artista. Pero las máscaras de Lope y de Picasso son
rostros vivos.
Las semejanzas no deben ocultar las diferencias. Son profundas. Dos corrientes
alimentan el arte de Lope: las formas dela poesía tradicional y las renacentistas. Por lo
primero, sus raíces se hunden en los orígenes de nuestra literatura; por lo segundo, se
inserta en la tradición del humanismo grecorromano. Así, Lope es europeo por partida
doble. En su obra apeas si hay ecos de otras civilizaciones; sus romances morisco, por
ejemplo, pertenecen a un género profundamente español. Lope vive dentro de una
tradición, en tanto que el universo estético de Picasso se caracteriza, justamente, por la
ruptura de esa tradición. Las figurillas hititas y fenicias, las máscaras negras, las
esculturas de los indios americanos, todos son objetos que son el orgullo de nuestros
museos, eran obras demoníacas para los europeos contemporáneos de Lope. Después
de la caída de México—Tenochtitlán, los horrorizados españoles enterraron en la plaza
central de la ciudad a la colosal estatua de la Coatlicue: corroboraron así que los
poderes de esa escultura pertenecen al dominio que Otto llamaba mysterium
tremendum. En cambio, para el amigo y compañero de Picasso, el poeta Apollinaire, los
fetiches de Oceanía y Nueva Guinea eran "Cristos de otra forma y de otra creencia",
manifestaciones sensibles de "obscuras esperanzas". Por eso dormía entre ellos como
un devoto cristiano entre sus reliquias y símbolos. La ruptura de la tradición del
humanismo clásico abrió las puertas a otras formas y expresiones. Baudelaire había
descubierto a la hermosura bizarre; los artistas del siglo XX descubrieron —más bien:
redescubrieron— la belleza horrible y sus poderes de contagio. La hermosura de Lope
se rompió. Entre los escombros aparecieron las formas y las imágenes inventadas por
otros pueblos y civilizaciones. La belleza fue plural y, sobre todo, fue otra.
El arte de Occidente, al recoger y recrear las imágenes que había dejado el naturalismo
idealista de la Antigüedad clásica, consagró a la figura humana como el canon supremo
de la hermosura. El ataque del arte moderno contra la tradición grecorromana y
renacentista fue sobre todo una embestida contra la figura humana. La acción de
Picasso fue decisiva y culminó en el periodo cubista: descomposición y recomposición
de los objetos y del cuerpo humano. La irrupción de otras representaciones de la
realidad, ajenas a los arquetipos de Occidente, aceleró la fragmentación y la
desmembración de la figura humana. En las obras de muchos artistas la imagen del
hombre desapareció y con ella la realidad que ven los ojos (no la otra realidad: los
microscopios y los telescopios han mostrado que los artistas no figurativos, como el
resto de los hombres, no pueden escapar ni de las formas de la naturaleza ni de las de
la geometría). Picasso se ensañó con la figura humana pero no la borró; tampoco se
propuso, como tantos otros, la sistemática erosión de la realidad visible. Para Picasso el
mundo exterior fue siempre el punto de partida y el de llegada, la realidad primordial.
Como todo creador, fue un destructor; también fue un gran resucitador. Las figuras
mediterráneas que habitan sus telas son resurrecciones de la hermosura clásica.
Resurrección y sacrificio: Picasso peleaba con la realidad en un cuerpo a cuerpo que
recuerda los rituales sangrientos de Creta y los misterios de Mitra en la época de la
decadencia. Aquí aparece otra gran diferencia con los artistas del pasado y con muchos
de sus contemporáneos: para Picasso la historia entera es un presente instantáneo, es
actualidad pura. En verdad, no hay historia: hay obras que viven en un eterno ahora.
Como todo el arte de este siglo, aunque con mayor encarnizamiento, el de Picasso está
recorrido por una inmensa negación. Él lo dijo alguna vez "para hacer, hay que hacer en
contra...". Nuestro arte ha sido y es crítico; quiero decir, en las grandes obras de esta
época —novelas o cuadros, poemas o composiciones musicales— la crítica es
inseparable de la creación. Me corrijo: la crítica es creadora. Crítica de la crítica, crítica
de la forma, crítica del tiempo en la novela y del yo de la poesía, crítica de la figura
humana y de la realidad visible en la pintura y en la escultura. En Marcel Duchamp, que
es el polo opuesto de Picasso, la negación del siglo se expresa como crítica de la pasión
y de sus fantasmas. El Gran vidrio, más que un retrato, es una radiografía: la Novia es
un aparato fúnebre y risible. En Picasso las desfiguraciones y deformaciones no son
menos atroces pero poseen un sentimiento contrario: la pasión hace la crítica de la
forma amada y por eso sus violencias y sevicias tienen la crueldad inocente del amor.
Crítica pasional, negación corporal. Las desgarraduras, tarascadas, navajazos y
descuartizamientos que inflige al cuerpo son castigos, venganzas, escarmientos:
homenajes. Amor, rabia, impaciencia, celos: adoración de las formas alternativamente
terribles y deseables en que se manifiesta la vida. Furia erótica ante el enigma de la
presencia y tentativa por descender hasta el origen, el hoyo donde se confunden los
huesos con los géneros.
Picasso no ha pintado a la realidad: ha pintado el amor a la realidad y el horror a ser
reales. Para él la realidad nunca fue bastante real: siempre le pidió más. Por eso la hirió
y la acarició, la ultrajó y la mató. Por eso la resucitó. Su negación fue un abrazo mortal.
Fue un pintor sin más allá, sin otro mundo, salvo el más allá del cuerpo que es, en
verdad, un más acá. En eso radica su gran fuerza y su gran limitación... En sus
agresiones en contra de la figura humana, especialmente la femenina, triunfa siempre la
línea del dibujo. Esa línea es un cuchillo que destaza y una varita mágica que resucita.
Línea viva y elástica: serpiente, látigo, rayo; línea de pronto chorro de agua que se
arquea, río que se curva, tallo de álamo, talle de mujer. La línea avanza veloz por la tela
y a su paso brota un mundo de formas que tienen la antigüedad y la actualidad de los
elementos sin historia. Un mar, un cielo, unas rocas, una arboleda y los objetos diarios y
los detritus de la historia: ídolos rotos, cuchillos mellados, el mango de una cuchara, los
manubrios de la bicicleta. Todo vuelve otra vez a la naturaleza que nunca está quieta y
que nunca se mueve. La naturaleza que, como la línea del pintor, perpetuamente inventa
y borra lo que inventa... ¿Cómo verán mañana esta obra tan rica y violenta, hecha y
deshecha por la pasión y la prisa, por el genio y la facilidad?
Nota
13.Apollinaire, Un Fantôme de nuées.

Un saludo,
ep.

 

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