sábado, 6 de octubre de 2012

Mariela Provenzali : A un año de la partida de Valentin Malaver

 

A un año de la partida de Valentín, se encuentra uno como sin saber qué decir. Ya él es uno de esos personajes que nos acompañan y hasta nos dan consejos, desde adentro.

Nació el día de San Valentín, mártir del Siglo III, a quien asocian con el amor por leyendas de haber hecho casamientos en secreto. También por ser la época en que los pájaros se aparean.

Y Valentín hacía honor a su nombre, su persona parecía encarnar el amor más puro. Su mirada, que percibía como infinita, transparentaba sapiencia, dulzura y sobre todo mucha bondad.

Desde que lo conocí, su pensamiento y su obra me cautivaron. Comencé a seguir su trayectoria. Hoy siento una especial emoción de haberlo invitado a participar en su última exposición, pocos meses antes de irse. Fue como un presente, tan presente como sigue en mi vida.

Todavía guardo su último mensaje de texto en mi celular, en respuesta a mi fascinación por las obras que me mandaría para exponer: Q bueno mi querida amiga, llevo dos grandes y una mediana a la FIA. El mismo tema. Te las dedico.”

Para ése –su último trabajo- escribió: “… en mis esculturas más recientes podemos observar piedras vivas germinando, rocas capaces de retoñar y crecer como árboles que se niegan a morir, en un gesto que simboliza la esperanza de la vida futura en la madre tierra...”

Esa esperanza la asumo como un presagio existencial y cada vez que veo una piedra, un pájaro, el mar, sé que Valentín retoñó en ellos.

 

Como homenaje a su memoria, comparto este texto que él me solicitó para una de sus exposiciones en 2006, del cual solo se publicó un fragmento.

 

PIEDRA VIVA

Imagina uno fácil al Valentín-niño extasiarse con el vaivén de las piedras a la orilla de la playa, penetrando con sus ojos afilados la profundidad del mar, rastreando la proveniencia de ese material con la curiosidad y sabiduría de la infancia.

Lo imagina uno también, de adolescente, tocar amorosamente la piedra e iniciar su diálogo con ella, hurgando y escudriñando hasta su propia esencia.

Y ya de adulto, lo adivina uno en su soledad y su silencio trastear sus sandalias por el empedrado de una cantera observando, oyendo, sintiendo, atento a cualquier señal, a un llamado, esperando ser atraído por una y

no-otra piedra.

 

Porque para Valentín Malaver las piedras están vivas, le hablan, lo seducen, lo cautivan y se entregan en sus manos para ser moldeadas, demandando ser sobadas, cinceladas, cortadas, penetradas, realzadas.

 

Y a pesar de su naturaleza resistente, las rocas -a mano del escultor- se dejan desnudar, permiten que las capas de su piel les vayan siendo removidas delicadamente, sutilmente, finamente, hasta que ellas mismas anuncien el toque del alma, sea en las honduras que la figura evidencia, sea en el vacío que su contorno consienta dejar.

 

Esta búsqueda de vida y movimiento en lo pétreo pareciera fascinar al artista, llevando la física a límites indescifrables en el comportamiento del material. Con un intuitivo ingenio científico, desde sus inicios, logra que lo duro tome forma y lo rígido tenga movimiento, circular, en cadenas, en engranajes y en volúmenes entrelazados que, con la ayuda del metal, persiguen una línea, un  dibujo, una idea.

 

Su indagación incesante, retado por el oficio que lo atañe y lo inagotable del mineral, le permite continuar su camino creativo, hasta que rompe amarres y se abre entonces en espiral, extendiéndose no sólo a lo antigravitacional, sino retomando formas que lo regresan a lo más antiguo de la vida: los fósiles.

 

Y el fósil lo retorna a su paisaje nativo y como si tomara consciencia de la vida en las profundidades que tanto observó, el fondo marino y el fondo de cielo lo inducen a crear nuevas formas, esta vez con una estética exquisita y una poética instintiva que él traduce sobre peñascos tallando en intensa tensión, de pesada liviandad, esculturas giratorias que al moverse parecieran estar al acecho del espectador para tomarlo por sorpresa.

 

En la obra de Valentín, base y escultura se aparean en una sola figura trajeada de gala para ofrecernos la imagen de una piedra cuyo atributo no es otro que el de hacernos sentir su propia presencia… viva.

 

Mariela Provenzali

 

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